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viernes, 2 de enero de 2015

FIN

Supongo que las cosas de verdad desaparecen con el tiempo. Eso es lo que dicen. Lo que no he oído tan a menudo es como las cosas nacen, y si el tiempo tiene o no que ver con ello.
Me cuesta muchísimo comenzar, porque quizá no sé dónde está el comienzo de mi historia. Tal vez fue aquel día mientras le daba vueltas al café. El sonido del azúcar moreno cayendo sobre la espuma, el olor del café y el chocolate, el tintineo de la cuchara contra la taza de repente despertaron mis sentidos. Cuando tomé el primer sorbo de café ya sabía, en el fondo, que esa tarde comenzaría a irme.
Así pasan las cosas. Como en una pared, las grietas aparecen, al principio imperceptiblemente. Después van abriéndose camino en las partes más blandas; rompen la superficie, descascarillan un poco la pintura. Las lágrimas, como el agua, abomban la pintura, rompen la regularidad, comienzan a quebrar las capas más profundas. Pero es un día, mientras distraído miras por la ventana, cuando la grieta rompe definitivamente la pared. El descuido, la dejadez, el tiempo ha hecho su trabajo. La pared se rompe.
Lo cierto es que ese es el final de una historia, la de la pared que parecía tan firme e inquebrantable. Pero también es el principio de otra. De la historia de cómo dejé de mirar por la ventana distraída mientras mi vida se resquebrajaba otra vez. Y  de cómo tú también harás lo mismo.
Un final, un comienzo.  Si eres fuerte, si te atreves, la resiliencia siempre gana. Me encanta esa palabra, porque habla de lucha, de adaptación, de continuar caminando. Es más que un nombre un verbo, una acción, porque implica una decisión y un movimiento. Una palabra preciosa que me llegó a través de una mujer hermosa. Pero esa es otra historia… hermosa como ella. Cuando quieras, búscala: Nadia Ghulam tiene algo precioso que contar al mundo. Y es la resiliencia en persona.
Yo… bueno, ya te he dicho. Comencé en aquel momento cuando sentí que quedarme a la sombra de lo que se rompía alrededor, por muy hermoso que hubiera sido, por muy segura que me había hecho sentir, acabaría conmigo. Esa decisión tenía olor a café, pero sabía a derrota, la verdad.
Así, le solté la mano, y dejé que él también se fuera. Me costó muchísimo no mirar atrás. Tenía muchísimo miedo de que él no se moviera, de que quedará sepultado bajo los escombros de las ruinas que habíamos habitado. Pero me di cuenta de que esa debía ser una decisión suya, de que ya no debía ni podía protegerle de sí mismo ni de nosotros. Y entonces, de verdad, confié en él y le deje ir.
Te cuento esto, y de nuevo lo lanzo al vacío. Sé que andas por allí, perdido en el silencio de mis palabras. Supongo que lo que quiero decirte es que te quise muchísimo. Con esta entrada cierro mi blog, un blog para mi único lector. Tengo que dejar de invadirte.
 Te veo, te pienso como un águila inmensa y fuerte que vuela y se aproxima decidido desde lo alto de la montaña, capaz de viajar por el mundo entero y de ver más allá de los límites del horizonte.
Amor mío. Sé feliz, inmensamente feliz.

martes, 29 de octubre de 2013

Anhelo de verano

Pasearte.
Con la punta de mis dedos.
Dibujar un espacio al final de tu espalda
en que habitarte.
Construir en mis labios
un reloj inmóvil.
Dejarme ir,
escalarte hasta la línea de tus ojos.
Descubrir tus remolinos
y aquietarlos con mi pelo.
Soportar el peso de tus hombros.
Susurrar sobre tu pecho,
respirar despacio en tus sueños.
No despertarte nunca,
de puntillas.
Convencerte.

lunes, 12 de agosto de 2013

No hay melodía


Soy una cavidad,
el hueco en el que olvido...

Mis manos de papel se rompen.
Mi lengua se ha deshecho,
Mis pies son de granito.

Un paso es decidir.

Sin fuerzas permanezco,
en los huecos de tu aliento
y de rodillas.

No hay casi luz. Sin luna.
No puedo. Nada.

Y vomito...
     vuelvo a descubrir el llanto
            intento recobrar mi sitio,
                   recordar,
                        respirar alivio.

Este vacío pesa en mí una noche entera.

Quiero olvidar, volar;
despedir este miedo, combatir.

Pero tiemblo, horrorizada de mi misma.
Descanso un minuto en el que huyo
para borrar mi propio nombre...

...una cavidad sin fondo,
el agujero de lodo
en el que escribo.

No hay melodía en la noche que me acalle.
que ahogue el hedor,
 los gritos.


Ritual de noches cálidas

Llega despacio, inquieto.
La mirada turbada y esquiva.
Acaricia el borde de la mesa
y se sienta distante,
las piernas cruzadas.

Un susurro apenas,
una caricia que acompaña su cuerpo,
el saludo medido.

Comenzamos.
El ritual es siempre el mismo:
palabras vacías mientras recobra la calma,
mientras sopesa los espacios y el silencio del tiempo.

En un instante concreto
se llenan sus ojos.
Su risa camina de nuevo.
Sus manos se acercan a mi,
poco a poco.

Ha vuelto.
Otra vez.
Jamás para siempre.

Acaricia mi pelo casi sin hacerlo.
Pretendemos los dos el ayer,
olvidar lo que somos.

La luz...
El final de la noche.
El adiós que llega y me llena de dudas.

Dejo caer la máscara
cuando no puede verme.
Me prometo a mi misma
que la próxima vez
no habrá una vez próxima.

Ha amanecido
y yo sigo despierta.
La mirada turbada y esquiva.
Su nombre en el borde del labio.
El ritual que siempre cumplimos,
despacio el silencio.


miércoles, 5 de junio de 2013

Columnas y pergaminos

Ellos hablan,
de las historias que saben
y sus sombras repiten.
Sólo escucho ecos
de lo que nosotras somos...


Mientras, yo,
escondida en tinta,
oculta en otros ojos,
me escribo cada noche
de palabras que olvido,
inenarrable,
imposible de entender,
inacabada.

Aún así
quiero hallarte de piedra
 inmutable,
más eterna que yo
que envejezco,
que cambio...
Me extingo.

Agarrarme a ti
cuando de mi ya no haya nada,
llamarme salvaje,
reconocerte mía,
saber al fin algo de mi que es tuyo.

Pregunto dónde estas en mí ahora
y a tientas me recorro.
Me leo, me toco y
por fin te descubro
en un rincón acurrucada.

Y sin embargo...

De columnas antiguas
y de pergaminos,
de hogueras,
de laurel seco,
de hojas amarillas
me alcanzo solamente.

Una loba acorralada y con bozal de oro.
Soy un espejismo, artificial, palabras.

Descubrirte
en mis dedos,
comprender tu nombre
es lo que intento.

  Y aún por despecho,
    por descuido,
     no te hallo.

Temiendo la oscuridad que te cobija,
pequeñita,
comienzo a balbucearte.
Asustada de mi propia voz,
me llamo mujer por fin,
aún con dudas.

jueves, 16 de mayo de 2013

Evocación de la tristeza

Quisiera empezar recordándote,
llamarte amor,
llenarme de ternura.

Recordarte en primavera
cubierta de flores.
Hacerte de rayos de sol y de olas.

El tiempo, que sabe de ti más que los hombres,
te construye de engaños cada vez que puede.

Sé que son para ti los nidos olvidados,
el vacío de las páginas en blanco,
los diarios arrojados a las llamas,
el lamento oscuro de los lobos.

No eres sólo de hombres, no,
pero no descubro nunca dónde vives.

Sé que, visitante siempre,
caminas con los pies descalzos;
acechas tras los recodos del pasillo
en cada puerta entrecerrada,  vacilante,
escondida en cada nana que te escucho.

Paseas entre los dedos desnudos que me tocan hoy,
llamando a los de antes y a los que he anhelado.

Reconozco que eres fiel.
Te oigo por las noches descender desde el tejado,
acercarte a mi oído para susurrar sus nombres.
Lo que queda.

Cada instante que rodeas mi memoria
se hace eterno.

Te confundes con el aire en mis pestañas.
Evocarte es sólo poder hablar de tu perfume.

martes, 5 de marzo de 2013

Últimas palabras

Es el invierno frío, me digo,
el espasmo de vida que no llega.

Los ojos  altos, para perderme,
los pies hundidos.

Un recuerdo de tu risa congelada.

Palabras en que olvidarme
  se levantan en mis hombros.
    Dibujan un precipicio.

Arrugada la lengua de llamarte.

Revientan los poros que me aguantan,
que sujetan el aliento que mastico,
que no quiero,
que no es mío.

Me descubro de sombras que se arrastran,
de un viento gris hecho de grietas,

del reflejo en tus ojos tristes, grises,
que se extinguen,
un bostezo con el que acabarse,
un sosiego de aguas estancadas,
un bulbo podrido.

He dejado a las letras ir cayendo
 sólo vísceras y carne.

Ya no queda sangre en este invierno.
Sólo frío.


viernes, 4 de enero de 2013

La palabra es la piedra

La palabra es la piedra que busca ser ancla
y que se sabe lanzada contra aguas oscuras y hondas.
Puede recordar que ayer fue mariposa
y ayer también, en otro ayer, llegó a ser tigre.

Sabe que a veces se queda callada y pequeña,
que a veces se esconde.

Siempre es presente y se sabe ya vieja y usada,
pendiente del último bostezo gritado a la noche...
 un reflejo de prisas, de labios, de otros,
 olvidada y perdida en el aire que arrastra.

La palabra es la piedra que cargo en mis hombros;
no he podido evitar esta noche nombrarte.
Yo podría olvidar,
pero ella se sabe desnuda por siempre, por todos.
Pretender disfrazarla es negarme,
ignorar que solo soy un balbuceo,
destrozar el instante infinito que calma.


Contigo el tiempo es injusto,
 encadenada a la piedra a la mariposa, al tigre que fue,
a los días, a los vientos, a las aguas que miro.
Encadenada a mí que te abuso.
qué feliz debes sentirte cada vez que me callo y te pierdo.
¿Quién soy yo,
más allá de mis manos que quieren tocarte,
más allá del GRITO escrito aquí, herido?
 ¿Quién soy,
a parte del punto con el que enmudezco y quedo a la deriva?
¿quién,
contigo nada más y sin saber ya qué decirte?

Anhelo ser un ancla y olvidar el tiempo.





 

martes, 11 de diciembre de 2012

Nana de la niña perdida

A dormir, y a soñar
 con cosas bonitas, con cosas de risas,
 de flores, de amor, de colores
  y música.

Eres hermosa, eres inteligente,
 eres buena, eres amada.
Recuérdalo,
 aunque no te lo diga nadie nunca.

A soñar, mi niña, sueña
 con tiernos abrazos, con el
 mar tranquilo y la brisa
 fresca en la mañana, con
 el olor a pan y el primer
 helado del verano, con las
 risas de los niños inmensas
  y puras.

Eres valiente, eres fuerte,
 eres sensible... eres la rosa
 que un pequeño príncipe quiere
  y cuida en la distancia.
Recuérdalo,
 aunque nunca lo encuentres.
Recuérdalo,
 aunque quieran borrarlo de tu cuerpo,
 aunque los cañonazos intenten despertarte
 y el silencio de la soledad te apriete el pecho.

A dormir, y a soñar cosas bonitas, mi niña.
Deja que te acunen mis versos.


domingo, 4 de noviembre de 2012

Somos el río que invocaste, Heráclito

Somos el río que invocaste, Heráclito.
Somos el tiempo. Su intangible curso
acarrea leones y montañas,
llorado amor, ceniza del deleite,
insidiosa esperanza interminable,
vastos nombres de imperios que son polvo,
hexámetros del griego y del romano,
lóbrego un mar bajo el poder del alba,
el sueño, ese pregusto de la muerte,
las armas y el guerrero, monumentos,
las dos caras de Jano que se ignoran,
los laberintos de marfil que urden
las piezas de ajedrez en el tablero,
la roja mano de Macbeth que puede
ensangrentar los mares, la secreta
labor de los relojes en la sombra,
un incesante espejo que se mira
en otro espejo y nadie para verlos,
láminas en acero, letra gótica,
una barra de azufre en un armario,
pesadas campanadas del insomnio,
auroras, ponientes y crepúsculos,
ecos, resaca, arena, liquen, sueños.
Otra cosa no soy que esas imágenes
que baraja el azar y nombra el tedio.
Con ellas, aunque ciego y quebrantado,
he de labrar el verso incorruptible
y (es mi deber) salvarme.

Jorge Luis Borges

jueves, 1 de noviembre de 2012

Vergüenza


En los sueños aparece tan nítido tan real...
 Yo ya no sé más donde vivir.

Cuando cierro los ojos y me hundo en mis sueños,
confundo realidad y muerte.
Junto a los vivos con los que ya murieron
y pienso que han muerto los que todavía viven.
¿y yo? ¿qué queda de mí en este cuerpo?
Creo que me he escapado de él con tanta lágrima.

Pienso en reescribirme, ser un personaje literario.
Temo convertirme en algo dramático, pesado,
gris, atormentado... uno de tantos.
 No sé si sabré escribir de risas, de ilusiones.
Si me atreveré a soñar con ser feliz, si lo merezco.
Me siento sola, más que antes, desde luego.
Ellos están en mi, ¿verdad?

¡Dónde encontrar un pedazo de sonrisa con el que levantar mis ojos del suelo!
Lo busco entre estas líneas,
en las que quiero soltar el miedo, la vergüenza de estar triste,
 yo, sólo alguien más que la corriente arrastra.



sábado, 27 de octubre de 2012

Me invadirá la noche

Tengo miedo de que el tiempo me arrebate lo que me queda de él,
que se lleve en cada instante un poco más lejos su recuerdo.
Cada día que pasa, cuando llega la noche, cerrar los ojos duele.
Y esta noche tiene una hora más que nos separa,
Ya no puede acariciarme, no puedo acurrucarme en su pecho y mirarnos. Son imágenes de sus poderosas manos, de sus ojos inevitables lo que temo perder. Su voz y sus palabras mañana quizá suenen extrañas porque habré olvidado su color rasgado y su timbre grave. Habré olvidado el hombre mayor y complejo que fue.
Olvidar sus ojos me da pánico. Porque hay otro ahí fuera que tiene su nariz, sus manos. Un ser extraño. Pero nadie tiene los ojos que tenía mi abuelo, no. A veces parece, por esos ojos mágicos, que él nunca formó parte de este mundo. La memoria juega traviesa con nuestros recuerdos. Algunas veces logra sorprenderme con una imagen olvidada que rompe mi corazón. Pero no son sólo imágenes las que vienen a herirme, es también el silencio. Eso es la muerte, para mí. Desde niña me acomodaba en su pecho y oía su corazón. Mi abuelo era un sabio aunque él nunca lo supo. Oía su corazón, sí, el mismo que fue apagándose, tan fuerte como era. Cuando dejó de latir llegó el silencio. Cuando se apaguen sus ojos, me invadirá la noche.



lunes, 23 de abril de 2012

Mujer peinándose

Slewinski, mujer peinándose
Mcgregor Paxton, Chica peinándose

"Sobre una torre había una mujer, de túnica blanca, peinándose la cabellera, que le llegaba a los pies. El peine desprendía sueños, con todos sus personajes: los sueños salían del pelo y se iban al aire."
                                     Eduardo Galeano
 

Renoir
el poema de la mente...
Wallace Stevens
El poema
de la mente en el acto de hallar
Lo que habrá de bastarle. No siempre hubo de hallar:
La escena era precisa: repetía
Lo que había en el guión.
Entonces el teatro
Cambiaba en algo más. Y su pasado era un recuerdo.
Picasso

Ha de vivir. Saber el habla del lugar.
Ha de encarar a los hombres del tiempo,
Hallar a las mujeres del tiempo; pensar acerca de la guerra
Degas

 Y hallar lo que habrá de bastarle. He de
Edificar un escenario nuevo, estar sobre el escenario
Y, tal actor insaciable, lentamente y con
Meditación decir palabras que en el oído
En el más delicado oído de la mente, repitan
Exactamente lo que quiere oír, en cuyo
Sonido, un invisible auditorio escucha
No la pieza, sino a sí mismo, expresada en una
Emoción como de dos personas, como de
Moronobu

Dos emociones convirtiéndose en una. El actor es
Un autor metafísico en lo oscuro, tañendo
Un instrumento, tañendo tensas cuerdas que producen
 Sonidos que atraviesan súbita equidad, que contienen
En su totalidad la mente, debajo de la cual no puede
Descender, fuera de la que no habrá de subir. Debe
Ser el encuentro de una satisfacción, y
Quizá de un hombre patinando, una mujer que baila, una
Mujer peinándose. El poema del acto de la mente.

Mujer de la axila rubia peinándose la cabellera al resplandor de las estrellas- miro

miércoles, 11 de abril de 2012

La leyenda de la mujer frágil

Hoy también tengo miedo de la noche, de cerrar los ojos, de rendirme. Entonces llegan ellos, los otros, los otros yo que no conozco y me inundan de palabras, de imágenes, de olores. Tan real como esto mismo, como estas palabras, este olor lejano a sueño en infusión, este murmullo que has dejado tras la puerta.

Hoy dormiré sola, aún más. Y el tiempo juega a dilatarse. Se esconde tras los segundos de la noche, plástico como nunca, implacable como siempre. ¡Qué tiranos son los colores de mis mundos! A veces quiero pensar que esos sueños son los de otro, sueños que se han colado a través de las grietas de las paredes, que han huído de aquel que los ha creado para buscar un lugar que conquistar, despoblado, vacío como vacía  estoy yo misma ahora, hace tiempo, expuesta a la intemperie, frágil. 

Cuando quieras volver ya me habré ido. Correré las cortinas, vaciaré los jarrones de flores muertas, me llevaré conmigo todos mis lunares, destrozaré con los dientes cada una de las palabras que te dije. Le contaré al viento mentiras, le diré que nunca te quise, que me quedé por olvido. Tal vez deje mi olor tras de mí  para que te castigues, para que recuerdes el color de mi pelo también y sientas que me escapé entre tus dedos. Cuando tú quieras ya no estaré esperándote, y dejaré al descubierto todos los huecos que llené con esté cuerpecito. Me creerás mucho más alta y más fuerte, mis manos serán más largas porque llegaré a tocar tu corazón con un suspiro cada vez que intentes olvidarme. Seré yo esta vez quien cierre puertas, seré yo quien pare de dar cuerda a los relojes. Y cuando mañana amanezca y quieras abrir las ventanas, no quedará ni un sólo cristal en esta casa que pueda reflejarte. Me los habré llevado todos conmigo, para dejarlos luego ir uno por uno en cada baldosa por la que me iré caminando.

Cuando quieras volver a mi cama, a nuestra cama, yo ya no seré más para ti. Quizá creas verme aún , lo que parece mi cara, y mi pecho, y mis labios. Sin embargo, ya no estaré más aquí, no podrás alcanzarme. No hay traición que valga, te he avisado aunque no quieras escuchar. Desapareceré en cuanto acabe de parpadear al final de éste, el último punto.

Lady Godiva- John Collier

miércoles, 28 de marzo de 2012

Autumn Leaves

La tristeza latente me acecha.
En la ducha, por la noche,caminando.

Como una cadencia eterna es tu recuerdo;
el corazón se sobresalta a cada imagen,
el sueño cede espacio al viento, a la locura.

Busco tu mármol para acurrucarme
y acaricio otra vez las letras de tu nombre,
la fecha en que te fuiste,
los versos que te lloran.

Me agarro a ti bailando, a los dos,
dejándome ir callada
pensando en que te alcanzo.

En el reflejo de mis propias venas
pienso en tu corazón cansado.
Me duelen los ojos de abrazarte fuerte.

 Apagándome
canto, grito, parece que me rompo.
Me agrieto y escapo por cada ranura.

Bajo mi pecho la lápida cruje.
Quizá también gritas abajo tú, tan quieto.

En medio del blanco,
los mil colores de las flores que te traigo.
Brillantes aún, sin saberse ya cortadas y caducas.

sábado, 10 de marzo de 2012

Doble vida

Quién sabe si cada vez que aparece
     una carta extaña en un buzón,
          un sobre abierto hacia el vacío,
                el amor corre.
Beatriz, Rossetti
Si en cada sueño en el que lloro,
      si cada instante en el que olvido,
            pierdo una parte de mi que
                aún no conozco.

¿Cuál es la diferencia entre unas campanas
       en el medio de la noche
             o el viento recorriendo entre tus dedos
                 un final anticipado?

Un momento inconstante ante los atrevidos ojos
        de aquel que pretende asustarlo
             ¿Quién se pierde sin moverse?
                   Nadie hay.

Los perros ladran en mi mente
         cuando oyen que te acercas.

sábado, 24 de diciembre de 2011

Cariño

Desde que él se fue, le costaba respirar. Le costaba recordar quién era ella.
Durante miles de años jugaron a no conocerse, a ser extraños que concidían en  la casa por horas, compartiendo nada más que sus soledades. Despues tuvieron que encontrarse y una nueva vida empezó para los dos. Descubrieron al otro, el cariño y el cuidado de esperar juntos a que la vejez se extendiera por sus venas. 
Excursion into philosophy, Hopper
Nadie lo vio tan claro, ni si quiera ella, hasta que él se fue. Entonces se dió cuenta de que él la había querido más que nadie. Porque él sabía, sabía todo, incluso lo que ella había querido olvidar, lo que había maquillado a través de los años de gran señora. Y sin embargo guardó su secreto; lo guardó tan bien, que lo olvidó para no hacerle daño al recordar. 
En cambio ella se hizo fuerte en los errores de él.  Los repetía casi con saña y lo excluía de los hijos que  no quiso compartir nunca. Y sin embargo, cuando él se marchó, a mi abuela le faltó el aire. Le faltó el cómplice con el que compartía su necesidad de olvidar sus fallos, de olvidar la guerra y también el propio desencanto consigo mismos. Ella nunca enmendó del todo sus errores con el mundo, ni pidió perdón a nadie. Sin embargo, se fue tras él una noche, yo creo, para decirle de una vez por todas que no podía, que no quería ya ser más sin él. O tal vez él la vino a buscar, quizá le susurró al oído que le acompañara, que conocía un lugar donde el pasado no pesaba tanto, ni ellos mismos, ni había dolor. Puede que él no se marchara nunca hasta esa noche, que la esperara paciente, sentado en la cama. Y entonces le cogió la mano, le dió un beso y se miraron sonriendo. Ella le llamó cariño, como cuando estaban solos, y él le dió miles de besos. Y se marcharon juntos, en silencio, cuando amanecía.

lunes, 5 de diciembre de 2011

Pactos rotos

Amantes, Marc Chagall
En la canción de los amores olvidados debería dibujar un banco entre cuatro fuentes, entre cuatro estaciones a la puerta del museo. Una noche de, qué decir, casi primavera, tarde y solitaria en medio de Madrid. Debería dibujar también un momento en el que apoyé mi cabeza en tu espalda y te enamoré para siempre (lo que duran los "parasiempres" en esta ciudad, claro). 
Quiero pensar que en la canción también estarían escritos tus acordes, los que tocabas acariciando mi pelo en la oscuridad. A veces me pregunto si yo merecí en verdad uno solo de tus poemas, aunque ni siquiera sé si alguna vez existieron, si los borraste, o los dedicaste a otras después de que yo no te siguiera. Siempre pienso lo injusto que es no enviar las palabras escritas para alguien. Las palabras, así, secuestradas sin destinario, deben sentirse medias palabras,  letras vacias sin objetivo. Perdidas ya sin la necesidad del otro, escritas sólo para recordar uno mismo, para no olvidar. Son palabras egoistas; mírame aquí haciendo lo mismo. Yo al menos, eso sí, te doy la oportunidad de que te pierdas por el universo y descubras todas estas líneas mirándote de frente, desafiándote a revelar si de verdad me quisiste, si aún te acuerdas de mí. 
En la canción de los amores olvidados no puedes ser el único, ni siquiera el primero, ni siquiera el más amado. Sin embargo, eres el único al que quiero escribir esta noche. Deseo contarte que en todo este tiempo te he visto algunas veces, que otras hice como si no te viera y en otras muchas te busqué y no logré encontrarte. ¿Cómo estás? No puedo ni imaginar en qué piensas ahora, a quien miras como me mirabas a mí. Yo no he crecido ni un centímetro, a veces pienso que soy más baja que nunca. A estas alturas debo confesar que no cumplí el pacto, fuera el que fuera.

miércoles, 30 de noviembre de 2011

Madrid

Cabizbaja y vencida,
se entierra en el metro entre cuerpos extraños.

El olor del cuero logra despertarla,
despertarla entera, como nunca.
El aire se hace más denso y casi puede tocar la piel
del hombre que se sienta a su lado,
que lo cambia todo.

Llega con los acordes de otro,
pero es él, el único.


lunes, 28 de noviembre de 2011

Creo que, para su evasión, aprovechó una migración de pájaros silvestres

A esta misma hora, hace dos meses, te marchabas. Lo hiciste en el único instante en el que solté tu mano, en el único momento que dejé de mirarte y agarrarte con mis palabras, y te echaste a volar.
Aquí quedé yo sola, entonces, ahora. Y desde aquel minuto no dejo de pensar en ti. Subo a taxis sólo porque te echo de menos. Me siento allí para hablar a extraños de los recuerdos que tengo tuyos. Veo tus ojos mirándome, tu mano apretada a la mía. Otras veces me dices adiós, desde la camilla de la que jamás regresarás. Y me dices "no te vayas". Muchas veces te oigo decirme "te quiero, siempre te querré" mientras vemos una peli de vaqueros de Clint Eastwood cogidos de la mano. ¡Ojalá recordara el título! Te busco en la agenda de mi teléfono, hasta en google, en cada foto que tengo y ya no estás. Pero sólo estás tú y las promesas que te hice. Quiero brillar más sólo para que tú me veas desde el cielo. Ahora creo que estás allí, mirándome. No te enfades más conmigo porque no llamo lo suficiente. Te llamaría todo el tiempo, a gritos. Sólo intento aprender a dejarte ir, a dejarte en paz.
Mañana iré al cementerio a buscarte. ¡Qué estúpido! Tú no estás allí. Como te dije, estás en cada cosa que me habla de ti, que me lleva a tus ojos grises, mirándome. Sé que nadie me mirará nunca como tú lo hiciste. Sólo quiero pensar que ahora más que nunca sentiré tu mano fuerte, apoyándome en todo, aún contra el mundo entero . Para mí fuiste el mejor.
En los estúpidos cuestionarios ya puedo rellenar cual es mi palabra favorita. Eres tú, abuelo.
La música de tu despedida