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viernes, 4 de enero de 2013

La palabra es la piedra

La palabra es la piedra que busca ser ancla
y que se sabe lanzada contra aguas oscuras y hondas.
Puede recordar que ayer fue mariposa
y ayer también, en otro ayer, llegó a ser tigre.

Sabe que a veces se queda callada y pequeña,
que a veces se esconde.

Siempre es presente y se sabe ya vieja y usada,
pendiente del último bostezo gritado a la noche...
 un reflejo de prisas, de labios, de otros,
 olvidada y perdida en el aire que arrastra.

La palabra es la piedra que cargo en mis hombros;
no he podido evitar esta noche nombrarte.
Yo podría olvidar,
pero ella se sabe desnuda por siempre, por todos.
Pretender disfrazarla es negarme,
ignorar que solo soy un balbuceo,
destrozar el instante infinito que calma.


Contigo el tiempo es injusto,
 encadenada a la piedra a la mariposa, al tigre que fue,
a los días, a los vientos, a las aguas que miro.
Encadenada a mí que te abuso.
qué feliz debes sentirte cada vez que me callo y te pierdo.
¿Quién soy yo,
más allá de mis manos que quieren tocarte,
más allá del GRITO escrito aquí, herido?
 ¿Quién soy,
a parte del punto con el que enmudezco y quedo a la deriva?
¿quién,
contigo nada más y sin saber ya qué decirte?

Anhelo ser un ancla y olvidar el tiempo.





 

martes, 11 de diciembre de 2012

Nana de la niña perdida

A dormir, y a soñar
 con cosas bonitas, con cosas de risas,
 de flores, de amor, de colores
  y música.

Eres hermosa, eres inteligente,
 eres buena, eres amada.
Recuérdalo,
 aunque no te lo diga nadie nunca.

A soñar, mi niña, sueña
 con tiernos abrazos, con el
 mar tranquilo y la brisa
 fresca en la mañana, con
 el olor a pan y el primer
 helado del verano, con las
 risas de los niños inmensas
  y puras.

Eres valiente, eres fuerte,
 eres sensible... eres la rosa
 que un pequeño príncipe quiere
  y cuida en la distancia.
Recuérdalo,
 aunque nunca lo encuentres.
Recuérdalo,
 aunque quieran borrarlo de tu cuerpo,
 aunque los cañonazos intenten despertarte
 y el silencio de la soledad te apriete el pecho.

A dormir, y a soñar cosas bonitas, mi niña.
Deja que te acunen mis versos.


domingo, 4 de noviembre de 2012

Somos el río que invocaste, Heráclito

Somos el río que invocaste, Heráclito.
Somos el tiempo. Su intangible curso
acarrea leones y montañas,
llorado amor, ceniza del deleite,
insidiosa esperanza interminable,
vastos nombres de imperios que son polvo,
hexámetros del griego y del romano,
lóbrego un mar bajo el poder del alba,
el sueño, ese pregusto de la muerte,
las armas y el guerrero, monumentos,
las dos caras de Jano que se ignoran,
los laberintos de marfil que urden
las piezas de ajedrez en el tablero,
la roja mano de Macbeth que puede
ensangrentar los mares, la secreta
labor de los relojes en la sombra,
un incesante espejo que se mira
en otro espejo y nadie para verlos,
láminas en acero, letra gótica,
una barra de azufre en un armario,
pesadas campanadas del insomnio,
auroras, ponientes y crepúsculos,
ecos, resaca, arena, liquen, sueños.
Otra cosa no soy que esas imágenes
que baraja el azar y nombra el tedio.
Con ellas, aunque ciego y quebrantado,
he de labrar el verso incorruptible
y (es mi deber) salvarme.

Jorge Luis Borges

jueves, 1 de noviembre de 2012

Vergüenza


En los sueños aparece tan nítido tan real...
 Yo ya no sé más donde vivir.

Cuando cierro los ojos y me hundo en mis sueños,
confundo realidad y muerte.
Junto a los vivos con los que ya murieron
y pienso que han muerto los que todavía viven.
¿y yo? ¿qué queda de mí en este cuerpo?
Creo que me he escapado de él con tanta lágrima.

Pienso en reescribirme, ser un personaje literario.
Temo convertirme en algo dramático, pesado,
gris, atormentado... uno de tantos.
 No sé si sabré escribir de risas, de ilusiones.
Si me atreveré a soñar con ser feliz, si lo merezco.
Me siento sola, más que antes, desde luego.
Ellos están en mi, ¿verdad?

¡Dónde encontrar un pedazo de sonrisa con el que levantar mis ojos del suelo!
Lo busco entre estas líneas,
en las que quiero soltar el miedo, la vergüenza de estar triste,
 yo, sólo alguien más que la corriente arrastra.



sábado, 27 de octubre de 2012

Me invadirá la noche

Tengo miedo de que el tiempo me arrebate lo que me queda de él,
que se lleve en cada instante un poco más lejos su recuerdo.
Cada día que pasa, cuando llega la noche, cerrar los ojos duele.
Y esta noche tiene una hora más que nos separa,
Ya no puede acariciarme, no puedo acurrucarme en su pecho y mirarnos. Son imágenes de sus poderosas manos, de sus ojos inevitables lo que temo perder. Su voz y sus palabras mañana quizá suenen extrañas porque habré olvidado su color rasgado y su timbre grave. Habré olvidado el hombre mayor y complejo que fue.
Olvidar sus ojos me da pánico. Porque hay otro ahí fuera que tiene su nariz, sus manos. Un ser extraño. Pero nadie tiene los ojos que tenía mi abuelo, no. A veces parece, por esos ojos mágicos, que él nunca formó parte de este mundo. La memoria juega traviesa con nuestros recuerdos. Algunas veces logra sorprenderme con una imagen olvidada que rompe mi corazón. Pero no son sólo imágenes las que vienen a herirme, es también el silencio. Eso es la muerte, para mí. Desde niña me acomodaba en su pecho y oía su corazón. Mi abuelo era un sabio aunque él nunca lo supo. Oía su corazón, sí, el mismo que fue apagándose, tan fuerte como era. Cuando dejó de latir llegó el silencio. Cuando se apaguen sus ojos, me invadirá la noche.